Hoy, la omnicanalidad es una prueba de coherencia para los comercios. Una tienda física muestra un precio, el marketplace otro y en redes sociales hay una promoción distinta, el cliente no lo interpreta como un error operativo. Lo interpreta como una señal de alerta.
Esa lectura es lógica. En un entorno donde la inflación, el costo de vida y la volatilidad económica reordenan prioridades, el consumidor desarrolla reflejos de protección.
Compara, investiga y espera más. Busca señales que le permitan decidir con seguridad:
Disponibilidad real, condiciones transparentes, tiempos de entrega confiables, devoluciones claras. Si encuentra ruido entre canales, automáticamente lo traduce en desconfianza.
En retail, la confianza se construye con consistencia:
Que el precio sea el mismo -o que la diferencia tenga una razón clara-; que la promoción aplique igual -o que las reglas estén explícitas-. Que el inventario sea real y que el servicio responda con la misma información sin importar el canal.
La consistencia de la omnicanalidad es una disciplina operativa y de datos
Cada vez con más frecuencia el cliente se convierte en auditor, porque en un entorno de presión económica el margen emocional para tolerar fricciones disminuye.
No hay paciencia para ir de un chat a un call center y luego a la tienda física a ‘aclarar’ una promoción. La fricción no sólo genera abandono, genera resentimiento que termina compartiéndolo con otros clientes.
Por eso, el mayor riesgo de la inconsistencia de la omnicanalidad es perder al cliente en el largo plazo.
La reputación se erosiona con pequeñas decepciones repetidas: ‘una vez no aplicó’, ‘otra vez estaba más barato en otro lado’, ‘otra vez nadie supo decirme’. En conjunto, estas experiencias construyen una percepción negativa difícil de revertir.
Panorama mexicano
En México, además, hay particularidades que vuelven este tema todavía más crítico.
La compra es híbrida por naturaleza: estudios revelan que 60 % de los mexicanos ya combinan al menos dos canales para tomar una decisión de compra.
Se evalúa el costo-beneficio completo: envío, garantías, disponibilidad inmediata y facilidad de devolución.
También hay menor tolerancia a la ambigüedad. El consumidor acepta condiciones específicas siempre que estén explicadas desde el inicio y se respeten de forma consistente.
Existe una mayor sensibilidad al valor total, no solo al precio. El 70 % de los consumidores declara que no sólo compara precios, sino también costos de envío, tiempos de entrega y políticas de devolución antes de cerrar una compra.
A esto se suma el peso de la experiencia compartida: redes sociales y mensajería amplifican tanto lo bueno como lo malo. Y un ‘me cancelaron’ o ‘me dieron otro precio’ se convierte rápidamente en advertencia.
Este cambio no significa que el consumidor sea difícil. Significa que está mejor informado y más protegido.
En un ambiente económico incierto, la compra deja de ser un gusto y se convierte en una decisión que debe justificarse.
Frente a esta realidad, las empresas necesitan replantear la omnicanalidad desde la confianza.
Algunas acciones concretas marcan la diferencia:
Unificar precios y promociones con reglas explícitas; sincronizar inventarios con precisión; alinear la atención al cliente para evitar versiones distintas de la política según el canal. Y medir la fricción, no sólo la conversión, para detectar dónde aparece la inconsistencia.
La tecnología ayuda, pero la clave es conceptual: asumir que el consumidor juzga a la marca como una sola entidad. El cliente no conoce fronteras internas ni tiene por qué conocerlas. Su experiencia es única, y su confianza también.
En momentos de incertidumbre económica, los clientes cuidan más a quién entregan su dinero. Por otro lado, las empresas que buscan sostener ingresos y ventas deben cuidar mejor a sus consumidores y elevar la calidad de su servicio.
Por Martin Malievac, director de Investigación y Desarrollo de Napse